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MÉXICO EN LA SANGRE Y MIAMI EN EL ALMA

El actor y empresario rememora los capítulos personales y profesionales más importantes de su historia. Una conversación íntima y honesta en la barra de un bar.

Por: Salvatore Laudicina
Fotos: Alberto E. Tamargo

Después de sostener, durante más de dos horas, un tórrido romance con la cámara fotográfica, elegante y sonriente a más no poder, dueño de una masculinidad que no pelea con la finura, puede concluirse que el atractivo físico y el carisma de Christian Carabias, imponentes a primera vista, le robarían un piropo a cualquier hombre.

La afirmación, impensable e impronunciable para los machis- tas crónicos, no nace al azar. En el bar del prestigioso Hotel Loews de Coral Gables, no hay ojo varonil que se resista a mirarlo. Y antes de que alguien ponga el grito en el cielo, eso no hace menos hombre a nadie. Al contrario. Si algo le hace falta al sexo masculino es derribar ese muro que nos ha impedido, durante décadas, admirar a un congénere sin miedo a los estigmas y prejuicios sociales.

En mi caso personal, además de contemplar su fisonomía, el desafío es osado. Literalmente, sin exagerar, debo convertirme en un superhéroe moderno, con el poder de sumergirme en lo más profundo de sus memorias. Adentrarme en un territorio impenetrable, sin abandonar el cuerpo físico.

Me urge encontrar, cuanto antes, al jovencito acapulqueño, amigo incondicional del mar, coleccionista de atardeceres hipnotizantes y soñador.  Él guarda las vivencias más preciadas del Carabias contemporáneo. Es cuestión de ganarme su confianza. No será fácil, pero tampoco imposible.

“Para saborear lo que vivo hoy, debo regresar a mi origen. Acapulco guarda los recuerdos más preciados e inolvidables de mi vida: mi hogar, mi amor entrañable por México, esos amigos que se quedan para siempre en tu vida. Sin esa raíz, el éxito y el reconocimiento pierden valor. Ese joven que salió un día de su ciudad para perseguir sus sueños, me hace sentir orgulloso de lo que soy en el presente”.

Momento de un trago para despedir el día. La expresión relajada de Christian, traduce confianza para proseguir con el recorrido de preguntas. Mientras bebe con un garbo que recuerda a Cary Grant, y desnuda una simpatía perfumada de Pedro Infante y Jorge Negrete, las miradas masculinas no dejan de arroparlo un instante.

Ellos ven al hombre galán y triunfador, uno de los rostros más apetecidos por los televidentes de Hola TV. Yo busco al muchacho visionario. Sí, son uno mismo. Pero de nada sirve aplaudir los éxitos del presente, cuando no se les rinde homenaje a las primeras experiencias y los invaluables aprendizajes. Esos que se atesoran, cuando todo parece lejano e inalcanzable.

Imagen vs talento: la década de los noventa

Encontrarme cara a cara con el Christian primigenio, exige obligatoriamente viajar al México pop de los años noventa. Más exactamente, 1997.  Es ahí cuando se integra a las filas de la agrupación musical Tierra Cero y escribe los primeros capítulos de su historia en el mundo del entretenimiento.

“Quien no recuerda al señor Raúl Velasco en Siempre en domingo, apoyando las carreras de artistas como Ricky Martin y Laura Pausini. Fueron tiempos inolvidables donde la televisión era un epicentro de unión familiar en mi país”, rememora.

El periplo también implica reflexionar sobre el famoso mito de que la belleza era más importante que el talento, en aquellos tiempos donde Televisa se consideraba el emporio televisivo y musical más importante de México, y uno de los más relevantes de América Latina; y nace Tv Azteca como una nueva propuesta audiovisual en el país.

“La imagen física es una parte importante de la cultura pop que ha caracterizado a México en las últimas tres décadas. Negarlo sería irrisorio”, explica. “Pero con el paso del tiempo, los productores y directores comenzaron a entender que, sin talento y aptitudes, una cara bonita y un cuerpo atlético no sirven de nada. La transformación que ha sufrido la industria en mi país en los últimos años, ha sido maravillosa."

Tras beber un sorbo de whiskey, agrega: “Un claro ejemplo de ello es el cine mexicano contemporáneo. Contamos con grandes actrices y actores, cuyo fí­ sico no es lo típico ni lo establecido. De igual manera, los escritores han dejado atrás las historias tradicionales y proponen personajes complejos, reales. Vale la pena mencionarlo”.

Tierra Cero: confesiones sin ego

Afuera, el atardecer promete arribar en cualquier momento.  Adentro, el jazz y una atmósfera muy neoyorquina. La conversación se torna amena. Es como si dos viejos amigos de secundaria, uno periodista y el otro cantante, actor y presentador de televisión, volviesen a reencontrarse después de muchos años.

Hay que aprovechar la camaradería temporal, no forzada ni fingida, que ha nacido en ese intercambio veloz de frases y pensamientos. Como exintegrante de uno de los grupos pop más emblemáticos del siglo pasado en su país, vale la pena preguntar si su voz fue una de las más destacadas.

Es un secreto a voces que muchos críticos especializados califican los grupos musicales como estrategias de marketing de las casas disqueras, donde muchos poseen caras bonitas, pero pocos tienen talento.

“Siendo sincero, no era una de las voces líderes.  Pero tenía dominio escénico y buena expresión corporal.  Fueron vir­tudes que descubrí y fui puliendo con mucha disciplina.  Fue una escuela de vida que formó mi carácter, mi personalidad y mi seguridad interior. Un crecimiento vital en todos los sentidos”.

Reencuentro con la maestra

Un diálogo en la barra de un bar es sano para el cuerpo, la mente y el alma. Cuando las risas y los recuerdos embriagan de regocijo, los tragos pasan a un segundo plano. En el transcurso de esta conversación, hay un solo whiskey. El vaso medio lleno. Un buen conversador como Carabias, bebe con mesura.

En este tramo, debe hablarse de su trayectoria actoral. Basta con mencionarle títulos como Más sabe el diablo, Corazón apasionado y El rostro de la venganza, para que ese jovencito acapulqueño se asome por sus pupilas.

“Actuar es una de las cosas que más me apasionan. Representa la posibilidad de indagar en los universos emociona­ les de otros seres humanos y aprender de ellos. Hay que vivirlo en carne propia para entenderlo”.

 Un nombre suplica por ser mentado: Adriana Barraza. Ella, destacada actriz, su maestra, ocupa un lugar importante en su corazón. La exigencia y profesionalismo de su compatriota, forman parte del equipaje pedagógico. La anécdota del reencuentro en Telemundo, años después, brinca eufórica de su garganta.

 

“Aprendes a soltar el ego y no ser siempre el centro de atracción. Ya no soy el joven de 25 años y tengo que aceptarlo”

“Recuerdo que la empresa estaba próxima a iniciar las grabaciones de una telenovela. Ella era la directora de contenidos. Realizaron un casting para seleccionar al elenco. Mi desempeño no fue el mejor. Pese a que fui su alumno, la maestra Barraza no me escogió. Eso habló de su respeto al oficio. Tiempo después, le presenté un nuevo casting en su oficina. Me exigí al máximo y la sorprendí gratamente. Le tengo un gran cariño y respeto”.

Paternidad empoderadora

Mientras escuchan a Ella Fitzgerald, complacidos, los minutos comienzan a nadar en el vaso de whiskey. Al mismo tiempo, las melodías me invitan a entrar a ese rinconcito preciado, localizado en una esquina recóndita del alma, donde un Carabias guardián, ajeno a la fama, protege con celo lo más preciado de su vida: Cristan, su hijo, quien acaba de cumplir 18 años. He aquí uno de los episodios más interesantes de su travesía. Vale la pena escudriñar en las páginas de ese joven ambicioso que persigue con la velocidad de una liebre sus objetivos, mientras ejerce una paternidad empoderadora, irremplazable en su crecimiento como ser humano y profesional.

“Mi hijo es mi maestro, mi amigo y mi motor. Como padre, me siento en paz conmigo mismo. Recuerdo que mientras trabajaba en telenovelas, lo llevaba al estudio de grabación y estaba pendiente de él hasta en lo más mínimo. Él me enseñó a organizar mis tiempos y equilibrar la vida familiar y los compromisos profesionales. Pese a mi juventud y el ritmo de trabajo, mi prioridad siempre fue su bienestar físico y emocional. Cristan es un regalo que agradezco todos los días”.

Los años en la piel y los pies en la tierra

Silencio fugaz. Carabias bebe un poco de su trago y mira con discreción el reloj. Es ahí cuando la curiosidad, sin parpadear, enamorada del Adonis que observa detenidamente, se percata de la presencia del otoño dérmico que tiñe su rostro de una textura similar a la de las hojas que caen de los árboles en estos días.

La madurez comienza a reclamar su trono. Tiene 42 años. Una edad que le ofrece dos realidades. Por un lado, el presente profesional soñado en Miami: su programa de entrevistas y viajes La Hora Hola, goza de popularidad y sintonía. Simultáneamente su empresa The Right Thing, especializada en relaciones públicas, booking y mana gement de artistas, avanza con pasos firmes en un mercado muy competiti- vo en la Ciudad del Sol. Por el otro, un golpe letal a una vanidad que se resiste a perder la lozanía.

“Para un hombre como yo, vanidoso en el sentido de cuidar su cuerpo y verse saludable, el paso del tiempo es difícil. Pero también tengo claro que debes envejecer con dignidad, tanto en lo profesional como en lo personal”, admite. “Empresas como HOLA TV y mi propia empresa, son escenarios en los que hago uso de la experiencia que he adquirido. Aprendes a soltar el ego y no ser siempre el centro de atracción. Ya no soy el joven de 25 años y tengo que aceptarlo”.

Evocaciones y propósitos

Suena Summertime. La voz de Ella Fitzgerald se asemeja a un susurro cálido en el oído. Carcajeándose estruendosamente, pícaro, el reloj decreta la despedida. Las preguntas repentinas, revolotean en la barra del bar como mariposas. Es inútil. Carabias debe marcharse.

De seguro, surgirá un nuevo encuentro. El 2023 promete nuevos desafíos. Actuar en cine es uno de ellos.

“Quiero retarme, interpretar personajes con una psicología que me obligue a salirme de la zona de confort”.

Tras levantarse de la silla, reafirmo que su atractivo físico y su carisma, le robarían un piropo a cualquier hombre. Ningún ojo varonil se resiste a mirarlo, cuando atraviesa la puerta del bar.

Mientras se aleja, es inevitable ser arrastrado por un ventarrón de evocaciones, donde no dejo de ver a ese jovencito que corría descalzo en Playa Barra Vieja y disfrutaba los atardeceres de Punta Diamante, en su amado Acapulco, ambicioso y soñador.

Es el mismo Christian Carabias que hoy, años después, hecho a pulso, posee el garbo de Cary Grant y la simpatía perfumada de Pedro Infante y Jorge Negrete.

El Christian que lleva orgullosamente a México en la sangre y a Miami en el alma
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